Gestión del cambio

¿Hasta cuándo empujar un cambio?

¿Hasta cuándo empujar un cambio?
Nuestros recursos siempre son limitados, y debemos aprender a asignarlos de forma eficiente. Eso implica hacer elecciones, y esas elecciones a veces son comienzos y otras tantas son finales. ¿Cómo tomar la decisión?
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Una de las grandes cuestiones que enfrentan quienes llevan adelante organizaciones es responder al dilema, respecto a proyectos, alianzas y distintas relaciones, de cuándo es momento de insistir y cuándo es momento de retirarse.

Todos adherimos a eslóganes acerca de la importancia del cambio, y ya sabemos que crisis significa oportunidad, pero, aunque no tal vez de manera explícita, esas ideas entran en conflicto con otras que tenemos muy arraigadas relacionadas a la importancia de ser constantes e insistir, contra viento y marea, si queremos ver ciertos resultados.

Entonces, ¿cuándo es momento de insistir? ¿Cuándo es momento de abandonar?

De dónde surge el cambio

Ser flexibles y adaptarse rápidamente es, ni más ni menos, la razón por la cual una organización puede reinventarse o dejar de existir.

Ahora bien. Muchos de los cambios que emprendemos nos vienen inducidos por el contexto. Cambiamos para sobrevivir. No le quitemos mérito, ya que hay quien no puede ver esa necesidad o la ve y no puede hacer nada al respecto, pero otra cosa es generar el cambio cuando el entorno no nos presiona a hacerlo y preferimos evitarlos.Necesitamos perder esperanza para animarnos a pagar el costo de ciertos finales y avanzar.

Evitar los cierres

Los cierres tienen costos, económicos y emocionales. Abandonar un proyecto, terminar una relación laboral o una sociedad, cerrar un local, discontinuar una línea de productos… todos estos tipos de decisiones suponen cierto “dolor” que naturalmente preferiríamos evitar.

Preferiríamos no reconocer y sacar los cálculos de una mala inversión o evitar la charla y el costo de despedir a un empleado. Y como preferiríamos evitar, evitamos. Dos formas en que lo hacemos son: 1) postergar ese final o 2)transformar algo que no va en otra cosa.

  • Postergar el final

Lo haremos más adelante porque estamos muy ocupados. Porque todo podría cambiar. Porque ahora no tenemos la energía o recursos necesarios. Miramos para otro lado, con la ilusión de que el asunto se solucione solo por el simple hecho del paso del tiempo.

Lo único que hacemos es “engordar el fracaso”, con el agravante que los costos que mencionamos antes, económicos y emocionales, siguen aumentando durante el tiempo que postergamos la decisión que sabemos debemos tomar.

Si queremos crecer, es saludable comprender que el proceso incluirá muchos cierres y cambios de etapa. Saberlo, desdramatizarlo, y en cierta forma “amigarnos con la idea”, nos permitirá tomar decisiones de manera práctica y oportuna y, en definitiva trabajar más enfocados, actualizados y eficientes. Por el contrario podemos sostener situaciones y proyectos que nos vayan “matando lentamente”.

  • Todo no se transforma

Otra manera de evitar los cierres es querer transformar la situación en otra cosa.

Un producto que no funciona en el mercado, lo sostenemos, haciéndole retoques menores en el diseño una y otra vez, sabiendo que el problema es más de fondo y que la decisión acertada sería discontinuarlo y reasignar recursos a otras líneas.

Cambiamos de sector a un empleado con mala actitud y que genera problemas de manera recurrente, dándole oportunidades que no aprovecha y soportando que provoque malestar a su alrededor, o qué no cumpla con sus funciones, o tal vez que atienda mal a nuestros clientes.

Por supuesto hay muchos proyectos y relaciones que merecen segundas oportunidades. La clave está en reconocer cuáles las merecen y cuáles no.

Ahora bien, volvamos a la pregunta: ¿cuándo insistir? Creo que la respuesta está en poder responder, por un lado, qué indicios certeros tengo de qué algo tiene potencial de cambiar para bien, y por el otro, poder ver las señales cuando algo tiene potencial de mantenerse estanco o empeorar.

En ese sentido, la desesperanza es útil y poderosa. Necesitamos perder esperanza para animarnos a pagar el costo de ciertos finales y avanzar. Mientras mantenemos expectativas de que algo cambie seguimos invirtiendo ahí.

Nuestros recursos, por más que amplios, siempre son limitados, y debemos aprender a asignarlos de forma eficiente. Eso implica hacer elecciones, y esas elecciones a veces son comienzos y otras tantas son finales.

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